LA MALDICION DE TUTANKAMON
Pocas historias
arqueológicas han generado tantas leyendas como el descubrimiento de la tumba
de Tutankamon en 1922. Desde entonces, una serie de muertes y acontecimientos
extraños alimentaron la creencia de que el faraón había lanzado una maldición
contra quienes perturbasen su descanso eterno. La llamada “maldición del
faraón” se convirtió rápidamente en uno de los grandes misterios del siglo XX.
El
descubrimiento de la tumba
En noviembre de 1922,
el arqueólogo Howard Carter y Lord Carnarvon lograron abrir la tumba del joven
faraón Tutankamon en el Valle de los Reyes, en Egipto. El hallazgo fue
extraordinario. A diferencia de otras tumbas saqueadas siglos atrás, gran parte
del tesoro funerario permanecía intacto.
Según la leyenda, el
mismo día en que los arqueólogos cruzaron el umbral de la tumba ocurrieron
hechos extraños. Se levantó una fuerte tormenta de arena mientras un halcón
—símbolo de la realeza egipcia— sobrevolaba la entrada antes de dirigirse hacia
el oeste, el misterioso “más allá” de las creencias egipcias.
La
muerte de Lord Carnarvon
Cinco meses después
del descubrimiento, Lord Carnarvon sufrió la picadura de un mosquito en la
mejilla izquierda. La herida se infectó y, debilitado por una septicemia,
enfermó de neumonía. Murió en El Cairo el 5 de abril de 1923 a la 1:55 de la
madrugada.
La leyenda asegura
que, en el mismo instante de su muerte, las luces de la ciudad se apagaron
repentinamente. Al mismo tiempo, en su residencia de Hampshire, en Inglaterra,
su perro habría comenzado a aullar antes de morir también.
Posteriormente, al
examinar la momia de Tutankamon, algunos afirmaron haber descubierto una
pequeña marca en la mejilla izquierda del faraón, similar al lugar donde
Carnarvon había recibido la picadura.
Una
cadena de muertes misteriosas
Tras la muerte de
Carnarvon, la prensa comenzó a relacionar otros fallecimientos con la supuesta
maldición.
Aubrey Herbert,
hermanastro de Carnarvon, murió de peritonitis. El magnate estadounidense Ali
Jay Gould falleció de neumonía poco después de visitar la tumba, mientras que
el millonario sudafricano Woolf Joel murió tras una caída. Richard Bethell,
secretario de Howard Carter y encargado de catalogar parte del tesoro, apareció
muerto en 1929 en circunstancias nunca del todo aclaradas. Meses después, su
padre, Lord Westbury, se suicidó arrojándose por una ventana. En su habitación
conservaba un jarrón de alabastro procedente de la tumba de Tutankamon.
Durante los años
siguientes murieron otras personas relacionadas con el descubrimiento, aunque
muchas de ellas fallecieron por causas naturales.
Howard
Carter y el fin de la leyenda
Curiosamente, el
hombre más vinculado al descubrimiento jamás creyó en la maldición. Howard
Carter continuó trabajando durante años en el estudio de la tumba y murió en
1939 por causas naturales, a los 64 años de edad.
Su longevidad fue
utilizada por muchos historiadores para cuestionar la supuesta maldición.
El
misterio continúa
En 1966, cuando el
gobierno egipcio autorizó el traslado de los tesoros de Tutankamon a una
exposición en París, Mohamed Ibrahim, director de antigüedades egipcias, se
mostró contrario a la salida de las piezas por temor a la maldición.
Poco después de una
reunión oficial en El Cairo, Ibrahim fue atropellado por un automóvil y murió
dos días más tarde.
¿Maldición
o coincidencia?
Aunque la mayoría de
historiadores consideran que la llamada “maldición del faraón” fue amplificada
por la prensa y el gusto de la época por lo sobrenatural, las extrañas
coincidencias contribuyeron a crear leyendas más famosas de la arqueología
moderna.
Más de un siglo
después del descubrimiento de la tumba, el misterio de Tutankamon continúa
fascinando al mundo.